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“Te aseguro que no te hielas” me dice muerta de risa Sigrid, qué bruja.

Me pongo la ropa que me han traído sobre mi propia ropa de invierno. Me visto despacio en el rorbuer, estas casitas de madera que en tiempos fueron las viviendas de los pescadores locales, hoy son acogedores apartamentos para viajeros. El mono, además de ser térmico es insumergible, ja ja ja. O sea que si caigo al agua no me ahogo. Exacto, se ríe Sigrid, mi compañera y guía durante mi viaje en el ártico noruego. Me pongo las botas, el gorro, las manoplas… es la hora de dirigirnos hacia el Fiordo del Troll. Salimos del rorbuer con esa penumbra maravillosa que tiene el ártico en invierno, y la primera en la frente. En el cielo hay una aurora boreal verde que cambia de forma y de tono. Monumental. Me quedo por un instante sobrecogido, mirando al cielo, hasta que me fijo y a pocos metros Sigrid se troncha viéndome extasiado. Vaya tela.

Noto en la cara que estamos a muchos grados bajo cero, pero estoy tan bien equipado que se queda en “lo que ocurre ahí fuera”.

Comienza el día y nos dirigimos al Fiordo del Troll en lancha

Nuestra lancha neumática está amarrada en el pantalán del rorbuer, a apenas treinta metros. La Mar está en calma, y embarcamos con esa sensación que producen las grandes aventuras, los sentidos disparados, todo sabe, huele, se siente, mucho más. Estás más vivo que nunca, y esa claridad perpetua como de eterno atardecer.

Sigrid me insiste que aquí, de camino al Fiordo del Troll, hay muchísimos cetáceos, y orcas en especial. Igual las vemos en nuestra travesía, y me señala a la orilla ¡wooow! Dos nutrias de mar jugueteando entre ellas, abstraídas de nuestra presencia… ¡qué sitio Dios mío!

Nos ponemos en marcha. Es una intraborda cómoda, pero no deja de ser una zodiac y esto el Mar de Noruega… Vamos costeando viendo los fiordos con esas pequeñas casitas de colores que salpican de tarde en tarde la costa. ¿cómo será la vida de alguien que vive aquí? Por las ventanas se entrevé una luz amarilla y por la chimenea sale humo. Es un hogar, en medio de la crudeza del paisaje. En la orilla nieve, y las montañas que nos rodean conforman, recortadas por esta claridad, un extraño skyline de ensueño.

La travesía hacia el fiordo del Troll es un espectáculo brutal, no puedo sentirme más feliz, en la cara ese frío que te deja la mueca fija, pero todo el cuerpo, los pies y las manos calientes. Esta sensación a mí me entusiasma, es como mantenerte tras la ventana en una casa de madera con el fuego en la chimenea crepitando, y ver la nieve caer y el viento golpetear el cristal, ¡tan sugerente!.

Tras el paso por varios fiordos en lancha, tocamos tierra

Paramos por el camino en una calita de guijarros resguardada, y la lancha entra despacio. Saltamos a tierra y estiramos las piernas y damos un paseo en este lugar alucinante lleno de musgos, líquenes, roca y nieve. Al fondo, sobre un tronco caído, nos sentamos y Sigrid saca de su mochila un termo de café caliente y me ofrece una taza. Sigrid ¡te quiero! Me quito los guantes y agarro la tapa metálica del termo, que hace las veces de taza, con las dos manos. Está muy dulce y caliente. Sigrid sigue con sus trucos de magia y saca galletitas de frutos del bosque, riquísimas.

Avistando cetáceos de camino hacia el Fiordo del Troll

Seguimos la navegación cuando de repente unas aletas salen del agua más de un metro y medio, ¡no estoy exagerando! Nos acercamos a las orcas y no parece importarles, Sigrid apaga el motor y por un momento solo se oye el mar deshilacharse contra la costa y la respiración de estas criaturas. Salen, resoplan y te miran… y te quieres morir. Es un encuentro en la tercera fase, el contacto visual es un intercambio emocional en toda regla… ¡te veo!.

Y de pronto, orquestadamente se sumergen… Sigrid me mira, sonríe, y arranca el motor.

La entrada del fiordo del Troll es magnífica, enorme, un fondo de saco gigante rodeado de montañas que se hacen altísimas y más cuando las miras desde la pequeña embarcación. Aquí el Hurtigruten (ese precioso buque correo que une toda la costa de Noruega parando en cada pueblito) que viene a las Lofoten, entra y hace un alarde de pilotaje dando la vuelta en su interior para salir por donde entró. Pero no hay color, en neumática sabe a drakkar, sabe a vikingos, y se entiende mejor ese carácter recio, es otra cosa.

Y cuando estamos como a la mitad del fiordo Sigrid me señala a lo alto de la montaña que está al fondo y me dice, ¿lo ves?, ¿ves allí arriba una figura de pie?, ¡Sí! ¡lo veo! Pues es el Troll que vive aquí, y que da nombre a este fiordo, ¿a que es alucinante? Alucinante… sí.

¿… y te lo vas a perder? Buen viento navegante.

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